Inscrito en el expresionismo español, Luque desarrolla un estilo de pincelada plana, clásico en su composición y moderno en su técnica. Estudió en las universidades de Santiago y Madrid, obteniendo el doctorado en Farmacia, y se formó artísticamente en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en la capital. A lo largo de su carrera celebró diversas exposiciones, destacando especialmente las realizadas en galerías de Nueva York, Chicago, París, Montpelier, Madrid y Valencia, así como en la Embajada de Estados Unidos en Madrid. También participó en numerosos certámenes artísticos, siendo galardonado con un premio de Acuarela en Madrid, Medalla en el Salón de Primavera de Valencia y Medalla en la Exposición de las Fuerzas Armadas de Madrid. Su obra está actualmente representada en el Museo del Ejército en Madrid y el de Monpellier en Francia, así como en numerosas colecciones particulares.
Además de la pintura de caballete practicó la decoración mural en su juventud. Reside largas temporadas en Sevilla y Madrid hasta fijar su residencia definitiva en Valencia y Moraira.
Residente en Valencia pasaba largas temporadas en Moraira donde abrió la Sala Goya de Morarira a finales de los años 70 del pasado siglo, siendo un pionero en promover la vida cultural y artística en el lugar que giró en torno a su galería durante la década de los años 1980 a 1990. En esta galería de arte realizaron numerosas exposiciones individuales y colectivas, además de las ya mencionadas.
Obtuvo diversos galardones y premios nacionales, y sus obras forman parte de importantes colecciones, galerías y museos. La obra de Manuel Fernández Luque era reconocida por su carga literaria que convierte su visceral expresionismo en un retablo de temas españoles permanentes: la fiesta, la religión, la muerte, el trabajo.
Aquí están, pues, los toros y los toreros, en grupos y solos, posando para un fotógrafo (posible) de verbena, con sus familiares y seguidores; y procesiones, con sus ingenuas imágenes, sus penitentes, sus monaguillos, sus coros de beatas, sus cirios; y el taller de la modista; y el pueblo, en fin, bullendo, gritando, rezando o burlándose, en un derroche de costumbrismo expresionista.